Noviembre no era la mejor época para intentarlo, pero era la única
opción que tenía. Llevaba ya varios días de luna de miel en el Caribe
mexicano y no había tenido aún la opción de dedicarle un día a la
pesca, y esta situación empezaba a incomodarme ya que cada día que
pasaba veía más complicado encajar esta salida de pesca con todas las
demás visitas de mi Luna de Miel, y con la paciencia que luego
demostraría mi mujer. Le debo una.
Al final encontré el hueco y contacté por teléfono con el guía de manera un tanto precipitada, ya que eran las 19:00 de la tarde y organizamos la salida para las 5:30 del día siguiente. Tras colgar el teléfono me empezaron a temblar las piernas.
Nervios a flor de piel.
Tras una noche en la que casi no pegué ojo nos dirigimos a la recepción del hotel dónde Humbreto nos esperaba pacientemente desde las 4:30 de la mañana. "Es que nunca había venido por esta zona y quería venir con tiempo..." nos dijo. Este hombre vivía a unos 90 kilómetros de nuestro hotel y se pegó una paliza de las buenas para venir a recogernos. No me atreví a preguntarle a que hora puso el pie fuera de la cama. Se trataba de un hombre tranquilo, de voz suave y conducción lenta... demasiado lenta para mí, aunque puede que mi ansiedad por llegar a la marina tuviese mucho que ver en ello. Mi estado de nerviosismo contrastaba con el sueño de mi mujer que cabeceaba a mi lado ajena a mi estado de euforia. Tras una pequeña parada en uno de los infinitos OXXO de la zona para hacernos con algunas bebidas extra y un enorme café para ella y tras varios kilómetros por una carretera llena de cráteres llegamos a nuestro destino en Isla Blanca, al norte de Cancún.
La zona.
En el estado de Quinata Roo se encuentra Isla Blanca, una larga extensión de tierra que limita al este con el Mar Caribe y forma al oeste la laguna de Chacmochuk, al norte con la isla de Holbox (a unos 30 kilómetros) y al sur con Cancún (a unos 20 kilómetros). Es un paraíso para la pesca a mosca desde embarcación, ya que estos flats son, en su mayor parte, difíciles o imposibles de vadear. Alterna fondos de aguas turbias y corales con grandes bancos de arena generando así un ecosistema ideal para muchas de las especies marinas más deportivas del mundo.
Especies.
A la belleza de la zona hay que añadir la cantidad y calidad de la pesca que allí encontramos. En sus aguas habitan el tarpón, el snook (o robalo), el permit y el bonefish (o macabí) entre otros. Es, por lo tanto, territorio Super Grand Slam. Se denomina zona Grand Slam a aquella en la que se pueden pescar tarpón, permit y bonefish en una sola jornada y Super Grand Slam cuando a estos tres añadimos al snook. Lograr un Grand Slam es conseguir sacar del agua un ejemplar de cada una de estas especies en la misma jornada de pesca y se trata de uno de los mayores retos para un pescador a mosca.
Primera jornada. Lagunas de la zona sur.
Llegamos a la marina alrededor de las 8 de la mañana. La primera sorpresa del día tiene lugar al bajar del 4x4. A un metro de nosotros nos encontramos una enorme jaula en la que conviven un tigre, una leona, un jaguar y un puma, todos ellos propiedad de "Vidalito", el dueño del terreno en el que se encuentra el embarcadero. Un hombre curioso que parecía reunir todos los tópicos del clásico mexicano de las películas. Tras unas preguntas supimos que los tiene allí como a 4 mascotas más, simplemente porque le gustan. Eso sí, sus cuarenta kilos de carne al día no se los quitaba nadie...
Montamos en la embarcación y le pido consejo a Humberto sobre mi equipo. Llevo una caña de 9 pies para línea 10 y me dice que va perfecta. Mi línea 9 flotante también le gusta ya que, según dice, el tarpón suele atacar casi en superficie, siempre de abajo a arriba. Sin embargo, no reacciona del mismo modo ante el leader y las moscas que llevo. Rápidamente cambia mi bajo de línea por uno considerablemente más grueso y a este potente bajo ata una de sus moscas, sensiblemente más pequeñas que las que yo llevaba. "El leader que tú traes se lo llevaría el sábalo", me dice sonriendo. Me comenta que la gente suele equivocarse mucho con el tamaño de las móscas para el tarpón, y que estos aceptan mejor las moscas pequeñas, aún siendo ejemplares de gran porte.
Mientras preparamos el equipo un pequeña barracuda se lanza tras una presa haciendo un chapoteo en la superficie del agua. "Estas picuditas lo comen todo" nos dice Humberto mientras se afana en montar y comprobar el nudo de mi mosca.
Con el equipo montado partimos hacia el sur atravesando planicies de alrededor de dos metros de profundidad. Tras unos veinte minutos de viaje llegamos a la primera zona escogida por Humberto y comienzo a lanzar pidiéndole constantemente opinión sobre mis lances, velocidad de recogida, profundidad, etc... Con su tranquilidad característica me decía una y otra vez "todo está bien", "todo ok"... pero los tarpones parecían estar ausentes. Haciendo lances ajustados al borde del mangle podría salir alguno, pero todo lo que conseguía mover eran pequeñísimas barracudas que se lanzaban a la mosca con los mismos modales que un lucio pequeño. Apenas llegaban a los dos palmos y cada una que picaba destrozaba la mosca con más facilidad aún que los lapiceros de lucio, así que desde ese momento tendí a evitarlas en la medida de lo posible. Cambiamos de zona.
Nos dirigimos a una de las lagunas interiores que Humbreto conocía. Había que atravesar el manglar por un pequeño canal que estaba totalmente cubierto por la vegetación. Humberto maniobraba la pequeña barca con una habilidad difícil de explicar mientras las raíces del mangle chirriaban en los costados de la embarcación. No dábamos crédito a lo que estábamos viviendo.
Tras avanzar unas decenas de metros agachados sobre la cubierta para evitar golpes con las ramas (aunque alguno fué inevitable...) llegamos a la laguna interna, en la que reinaba una calma y un silencio casi molesto. Al primer lance veo como un grupo de unos cuarenta pequeños "pargos" se abalanzan uno tras otro sobre mi mosca, hasta que clavo a uno de ellos de apenas 30 ó 35 centímetros. Es increínle la voracidad de estos peces. Mientras me entretengo con ellos oigo una fuerte succión sobre la superficie y una gran onda un poco más adelante, justo en el borde del mangle. "Ahí está el sábalo". Casi sufro un infarto y el nerviosismo empezó a hacer mella en mí. Los lances no me salían todo lo justos que me gustaría, pero según Humberto ese tarpón tenía que haber entrado de todos modos. Durante los siguientes 20 minutos vimos 10 o 12 subidas más de tarpones en superficie, pero hicieron caso omiso a todas las moscas que les enseñamos hasta que, en el primer lance con una totalmente blanca veo salir uno del manglar detrás de la mosca y, sin prisas, la tomó y se giró mostrando sus plateadas escamas. Fué como pinchar en una roca. No pude clavarlo. De hecho, juraría que ni notó el metal del anzuelo.
Tras varias palabras malsonantes, Humberto me calmó diciéndome que muchos grandes pescadores con los que ha pescado se desesperan tras 15 ó 20 picadas infructuosas. "Eso sólo para clavarlos, que subirlos al bote ya es otra historia...".
No llevo guantes y las ampollas empiezan a aflorar en mis manos. Ya me ha pasado más veces pescando lucios, pero el agua del mar pica... y mucho.
Minutos después salimos de la laguna y os dirigimos a otra cercana. Esta vez el canal a traves del mangle es aún mas cerrado. Una vez dentro detectamos la presencia de varios "sábalos chicos" entre la espesura, pero casi todo el moviemiento se producía entre las raices, varios metros adentro. Mi única opción era lanzar ajustando lo máximo posible y esperar que alguno detectase mi mosca y se animase a asomar la cabeza a aguas abiertas, pero parecía ser una tarea imposible. Hice centenares de lances y tan sólo obtuve otra picada con el mismo resultado que la anterior; tirón brusco, plateo y hasta luego.
Esa fué la tónica del día. Estaba intentando algo que parecía imposible y eso me impidió plantearme el perseguir a otras especies más asequibles en estas épocas. Tras horas sin pisar tierra firme, Humberto nos acercó a una pequeña playita de arena blanca para "descansar un rato", donde pudimos ver a una pareja de cangrejos herradura en plena faena a los que, con el ajetreo de las fotos, les aguamos la fiesta. Son unos animales prehistóricos muy extraños.
La jornada se acababa y pusimos rumbo al embarcadero, mientras intercambiábamos impresiones con Humberto y este nos comentaba un cambio de zona para el próximo día de pesca, que sería dos días más tarde.
Desembarcamos y emprendemos el viaje de vuelta al hotel. En mis manos queda patente que lo intenté con todas mis ganas.
El miércoles lo intentaríamos de nuevo.
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