
Recuerdo aquel instante como si fuese ahora. Una voz cálida interrumpió mi sueño profundo con un “Venga rapaz, que nos vamos de pesca”. De pronto fui consciente de que ese día era el que mi abuelo y yo habíamos pactado para mi estreno como pescador de truchas. Lo cierto es que, en ese momento, lo que menos me apetecía era levantarme de la cama, y sólo pude balbucear: “Abuelo, otro día… otro día… ”
Fue el tono amenazante de la voz de mi santa madre lo único que me "animó", aunque a regañadientes, a que me fuera a la ducha. Cuando aparecí al poco tiempo ataviado con el chandal de colores fosforitos, noté como el gesto de la cara de mi abuelo se transformaba. Con una sonrisa me dio la primera lección de pesca. La trucha es un pez muy desconfiado, y a buen seguro que un bípedo emitiendo radiaciones luminosas por los cuatro costados, haría levantar sospechas a la más pintada de las pintonas... Llegamos a la conclusión de que un poco de mimetismo nos pondría las cosas más fáciles, así que una vez rectificado el atuendo y con un par de magdalenas en el estómago nos pusimos en marcha. Apenas media hora en coche cargada de historias increíbles sobre grandes pescatas, anécdotas sobre el misterioso comportamiento de este pez, fue suficiente para despertar en mi cierta curiosidad. Llegó el momento, estamos en el puente que cruza el río. Al poner pie a tierra, una mezcla única de aromas florales y de estiércol invade mi pituitaria, y como si se tratase de un brevaje mágico, activa por completo mi organismo. Echo un vistazo al horizonte y puedo intuir siguiendo la linea de frondosos alisos el quebrado recorrido del regato. Mientras mi maestro pone a punto el equipo, me asomo por el puente y bajo las aguas límpidas veo por primera vez alguna truchita a contracorriente interceptando con una asombrosa mezcla de elegancia y suficiencia los pequeños insectos que caen en su radio de acción. Ya con todo preparado nos adentramos en el río con mucho sigilo… cualquier movimiento brusco puede ser suficiente para alertar a una trucha del peligro… Con gesto tranquilo me indica con el dedo un pequeño recodo, al abrigo de una roca. “Shhh… ahí puede haber alguna”. Se prepara para efectuar el primer lance. Me indica que tenga la sacadera a mano por si consigue engañarla. Observo todos y cada uno de sus movimientos. Un falso lance para calibrar, un golpe de muñeca y la diminuta cucharilla artesanal vuela hacia su objetivo describiendo una parábola perfecta. Un pequeño chasquido en el agua, dos vueltas de manivela con extrema suavidad y ZAS¡¡¡ un destello plateado surge de la nada e inmediatamente después la pequeña caña de spinning se agita con violencia. ¡Es una bonita fario que chapotea para liberarse¡ Trata de regresar a su apostadero, pero parece que el cansancio comienza a hacer mella en ella y ya no opone tanta resistencia. Mi corazón late con fuerza, ahora me toca a mi… ¡La tengo! ¡Qué preciosidad! ¡Increíble! Me quedo observando su belleza durante un buen rato, todavía con la respiración entrecortada, mientras mi abuelo me da una palmadita de aprobación en la espalda. No la he pescado yo, pero me siento totalmente partícipe de su captura.
En aquel instante, con tan solo siete añitos, tuve la sensación de estar en el lugar apropiado, en el momento apropiado con la persona apropiada. Han pasado más de veinte años desde entonces, cientos de salidas de pesca a lugares recónditos, grandes capturas, nuevos compañeros de pesca, pero esa mezcla de sensaciones vuelve a mí cada vez que tengo la oportunidad de hacer una escapada al río. Ese día, sin duda, condicionó el desarrollo de mi personalidad. Ir a pescar se convirtió en algo más que en ir en busca de peces, en una forma de entender la vida, porque en el fondo la pesca es una metáfora de la vida, es pasión, enigma, creatividad, superación personal, diversión, acción, paz… es también una forma de preguntarse el por qué de las cosas, una forma de darse cuenta de nuestra insignificancia ante la magnitud del cosmos, y una forma de valorar las cosas mundanas como la amistad compartiendo un bocata a la orilla de un río. Desde aquel mágico día, aunque en esencia las enseñanzas de mi abuelo siguen acompañándome, mi forma de entender la pesca ha ido evolucionando. Se trata de la misma pasión, pero vivida desde dos prismas bien diferenciados por el hecho de pertenecer a dos generaciones completamente distintas. Una creció en la escasez de recursos y en la abundancia de peces, la otra, por suerte o por desgracia, en la abundancia de recursos y la escasez de peces. La idea ancestral de pescar para comer, para la mayoría de nosotros ha dejado de tener sentido, pero la idea de pescar, a secas, parece darle sentido a todo. Muchos de nosotros, hemos pasado de la cesta de mimbre al anzuelo sin muerte, pero lo que no ha cambiado es esa sensación, ese “gusanillo”, que aparece el día de los preparativos. Con los años, he llegado a la conclusión de que la pesca deportiva es una vía para dar salida a nuestro instinto depredador más primitivo, pero también un motivo para reconciliarse, aunque sea por unas pocas horas, con el entorno natural en el que nuestra especie ha ido evolucionando a lo largo de millones de años. El estrés, las preocupaciones, los malos rollos… desaparecen cuando oyes el murmullo del río; te maravillas cuando ves al mirlo acuático o al martín pescador, eres feliz cuando sueltas ese gran ejemplar que te lo puso realmente difícil... Por todo ello espero que el río siempre este ahí, lleno de vida, esperando para ofrecerme una nueva historia que contar a mis nietos. Yo, como el anciano Norman en “El río de la vida”, como mi añorado abuelo, como todos los que amamos la pesca... estoy hechizado por las aguas. Puedes comentar este relato en el foro
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