|
Suena el despertador. La noche es aún oscura y en el horizonte no existe el menor indicio del amanecer. Los segundos iniciales de confusión se desvanecen al caer en la cuenta del motivo por el que ha sonado hoy tan infernal melodía junto a mi oreja. No es un días más de trabajo. Recuerdo los preparativos del día anterior y una sonrisa casi instintiva se dibuja en mi rostro. El río me espera.
Me apresuro a desayunar algo, pero la impaciencia me puede. A duras penas consigo agarrar unas magdalenas a mi paso por la cocina. Encima de la mesa está todo preparado, así que, haciendo un ejercicio digno de un equilibrista, cargo con todos los bártulos para no hacer otro viaje de vuelta desde el coche. En estos casos siempre hay alguna caña rebelde que se empeña en resbalar en el momento más inoportuno pero, tras un par de gruñidos, está todo en el maletero.
Arranco el coche y me dispongo a recorrer un camino más que conocido para mí. Mientras conduzco de forma casi instintiva pienso en como discurrirá la mañana. ¿Hará frío? ¿Soplará alguna brisa indeseable al amanecer?. El tiempo está raro y no descarto que empiece a llover como sólo aquí lo hace.
Llego al río aún de noche y me doy cuenta de que calculé mal el tiempo y tengo un cuartito de hora extra, así que me cambio con tranquilidad organizo un poco las moscas y doy cera a la línea. Aún no he acabado de engrasar la línea y, de repente, descubro que ya casi es de día. Así que ato mi mosca y me meto en el río.
Las primeras varadas son algo perezosas y parece que parte de mi cuerpo no ha despertado aún, o quizás se queja de tal dosis de humedad y frío a horas tan tempranas. A base de insistir consigo recuperar la cadencia en el lance. Alguna pequeña trucha ceba delante de mí y, más arriba, consigo escuchar el típico ¡GLUB! de un bonito reo. Al poco veo la onda y por su tamaño confirmo que se trata de un buen ejemplar. Este tramo de río es totalmente parado y si los reos están activos intento evitar a las truchas, incluso cuando estas suben a mi mosca. Dos de las pequeñas han subido a mi escarabajo, pero al no clavar lo han escupido rápidamente. Dos pasos más y tendré al reo a mi alcance. Uno... y dos. Me preparo y levanto la línea, pero la mosca se ha clavado en una hoja flotante que ha hecho algo de ruido al romper la superficie del agua. Un par de falsos lances enérgicos y la hoja se desprende. Dejo caer el escarabajo justo encima de donde cebó el reo, unos diez metros por encima de mí. En el silencio del amanecer mi corazón parece una locomotora. Noto sus latidos con fuerza en mi pecho, pero no pasa nada. El pequeño escarabajo deriva lentamente, muy lentamente, con la velocidad de la escasísima corriente. Un par de lances más me bastan para darme cuenta de que cuando uno intenta pescar un reo ha de estar muy fino, mucho más de lo que yo había estado en aquella ocasión.
Son las ocho y media de la mañana y empieza a salir el sol. Los primeros rayos sobre el agua parecen ejercer un efecto inmediato sobre las truchas que comienzan a cebar por todos los rincones. Los reos no dan señales de vida, así que cambio de planes. Pongo un pequeño díptero y empiezo a lanzar. Las capturas de pequeñas truchas se suceden y aunque son pocas las que se acercan al palmo, disfruto con la franqueza con la que suben a la mosca. Otra vez vuelvo a ver, o casi intuir, un reo cebando un poco más arriba al abrigo de la raíz de un árbol de la ribera. En aguas paradas lo reos suelen cebar de un modo tan discreto que a veces es sumamente difícil localizarlos. Cambio de mosca. Elijo mi favorita y mientras la estoy atando el reo vuelve a cebar. Los nervios empiezan a hacer mella y fallo el nudo dos o tres veces. Una vez atada me aseguro de la fiabilidad del nudo y la arrojo al agua. ¡Vamos, bonita!.
Levanto la línea con cuidado. Esta vez no hay hojas de por medio y hago un par de falsos lances. En el tercero dejo caer la línea y la mosca se posa a escasos cinco centímetros de la raíz y, casi al momento, se produce una leve ondulación en la superficie y la mosca ya no está. ¡¡Lo tengo!! Clavo y, casi inmediatamente, un escalofrío recorre todo mi cuerpo. No esperaba encontrar tanta resistencia al otro lado de la seda y empiezo a soltar línea conforme el reo emprende una carrera río arriba. Temo por mi terminal del 0,14. Un giro y el pez se dirige hacia mí con más velocidad de la que soy capaz de recoger la línea, así que pierdo contacto con él hasta que un par de segundos después lo vuelvo a notar prendido. Respiro aliviado, pero el alivio me dura lo que el reo tarda en emprender otra vez la huida río arriba y esta vez me desafía con un imponente salto que me permite ver su tamaño. Dios mío, es enorme!! Sacude mi caña tan violentamente que me veo obligado a ponerla en posición casi horizontal. Los nervios me dominan al tiempo que el reo sigue su carrera descontrolada. Segundo salto y un chasquido me corta el aliento. La mosca sale proyectada en mi dirección y vuelve a caer sobre el agua. Se ha soltado. No me ha partido el bajo, el muy desgraciado se ha soltado. Aunque ya libre, todavía le sobraron fuerzas para dedicarme un último salto.
La cara y la sensación que tuve en los minutos siguientes no las voy a describir porque no es fácil hacerlo y porque, como pescadores, todos vosotros habréis sufrido en alguna ocasión. Y dado que no encuentro en mí palabras para hacerlo, permitidme que me valga de las palabras de otros:
"El cuerpo y el espíritu no sufren revelación más repentina que la de perder un pez grande, ya que, después de todo, ha de haber alguna transición leve entre la vida y la muerte. Pero, con un pez grande, en determinado instante el mundo es nuclear y, al siguiente, ha desaparecido. Es todo. Se ha marchado. El pez se ha marchado y tu estás acabado, como no sea por cuatro onzas y media de caña a la que están atados el sedal y una cuerda semitransparente de tripa, a la que está atado un pequeño y curvado pedazo de acero sueco al que se ha atado un trozo de una pluma del cuello de un gallo.
Los poetas hablan de "pozos del tiempo", pero en realidad son los pescadores los que experimentan la eternidad comprimida en un solo instante. Nadie puede decir lo que es un pozo del tiempo hasta que, de pronto, todo el universo es un pez y el pez se ha marchado."
No sería sincero si no contase que descargué mi ira contra todos los elementos de mi equipo, uno por uno, aunque desde el primer momento sabía que el responsable no había sido el bajo, ni el carrete, ni la caña... Claramente el único responsable había sido yo. No estaba preparado para algo así, y pasó lo más justo. Gana el pez, pierde el pescador. En casos como estos hay que tener nervios de acero, y yo no los tuve. ¿Los tendré la próxima vez?. No puedo responder a esa pregunta, pero espero que el tiempo y la experiencia me ayuden en un nuevo encuentro con un reo KING SIZE.
Mientras tanto, les seguiré cogiendo el pulso a sus hermanos pequeños para cuando llegue el gran día. Nos veremos las caras de nuevo... pero esa vez habrá un final diferente. Lo presiento.
Texto y fotos: trasno
Puedes opinar sobre este relato en el foro
|