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Después de algunas incidencias un tanto desagradables con Iberia,
llegamos el lunes 21 a Venecia en vuelo desde Barajas. Conseguimos alquilar un coche y nos presentamos en
el hotel Zlata Ribica hacia las diez y media de la noche. El río Idrija, que
corría a menos de cincuenta metros del hotel, sólo pudimos intuirlo en la
oscuridad.
En el salón del hotel pudimos ver, estratégicamente dispuestos, revistas
de pesca en perfecto esloveno y unos paneles que exhibían montajes de moscas
ejecutados por pescadores de los más variados países. Sólo había una imitación
española. Algunas de aquellas moscas eran para pescar peces; otras eran para
pescar pescadores.
También vimos en la recepción tres cañas de mosca totalmente montadas y
provistas de estrímeres equipados con unos pesadísimos plomos. De inmediato
imaginamos enormes marmoratas que en aquellos momentos cazarían en las
inmediaciones del hotel, y yo comenté que no debían de tirar mucho: en los
carretes no había ni un metro de backing.
Sea como fuere, el dueño nos recomendó el uso de estrímeres a primera
hora de la mañana, y, destrozados como estábamos por el viaje, nos levantamos
con las primeras luces, a las cinco (en Eslovenia amanece una hora antes que
aquí, pero el sol se pone también una hora antes).
Comenzamos a darle al estrímer (el peso de los nuestros ni se aproximaba
al de los que habíamos visto en el hotel), y pronto aparecieron las primeras
capturas: Santi consiguió sacar una trucha arcoiris, con un buen kilo y medio
de peso, que parecía padecer una cierta deformidad en sus aletas pectorales.
¡Ay, ay, ayyy…! ―pensamos.
El río Idrija es un río muy hermoso. Con unos veinte metros de ancho y
unas aguas muy limpias, su fondo es de grava. Tiene un cierto parecido con los
Esla y Porma leoneses, pero sus aguas son mucho más transparentes y sus fondos,
más claros. Cuando hicimos nuestros primeros lances, venía un poco pasado de
agua porque en los días anteriores había llovido bastante en la región, pero su
caudal bajó muy rápido y se estabilizó en dos o tres días.
En una postura muy bonita que hay aguas abajo del hotel, me encontré con
tres franceses que se disponían a darle al estrímer. Les saludé con cortesía,
les pregunté algo obvio (Allez vous pêcher ici?), y les dejé campo
libre: la postura daba para unos cuantos pescadores. Santi se puso un poco más
abajo de mi posición, y enseguida empezó a clavar peces. Yo quité mi estrímer y
decidí que, de pescar truchas de caldero, al menos las pescaría como a
mí me gusta: puse una mosca ahogada, imitación de una dánica porque el
hostelero nos dijo el día anterior que había visto dánicas.
Cuando clavé el primer pez con esta mosca, vi de reojo a la izquierda
que Santi peleaba con otro, y mi campo de visión periférica a la derecha me
indicaba que uno de los franceses también bailaba un agarrao con su
trucha. Todas arcoiris, y de la misma procedencia. A mí me producía desasosiego
aquella escena de tres pescadores pescando peces a la vez. No me parecía una
cosa normal…
El
Idrija, al amanecer
El Idrija
Arcoguiri del Idrija
LOS SERENOS DEL IDRIJA
Al
reunirnos para comer nuestro bocata logístico, todos dijimos lo mismo: “No
hemos venido a esto”. Habíamos ido a Eslovenia a pescar peces de los de
verdad.
En la tarde del primer día hicimos una pequeña
exploración del pequeño río Baca, afluente del Idrija aguas abajo del hotel, y
pescamos nuestro primer sereno en el Idrija. En los serenos de este río apenas
aparecieron moscas, lo que nos hizo sospechar que no habíamos llegado en la
buena época. Emergían unas pocas, pequeñas, y no había ni asomo de las dánicas
que había citado el gerente de nuestro alojamiento. No obstante, siempre se
ponían algunas truchas arcoiris en las grandes raseras y aguas lentas y
profundas que abundaban entre la desembocadura del Trebusica (del que hablaré
más adelante) y la zona del hotel; unos seis kilómetros en total.
Aquellas truchas eran fáciles cuando uno sacaba la primera pieza. Sus
colegas aprendían muy pronto la lección, y el resto de la pandilla se hacía
bastante difícil de engañar. Recuerdo especialmente un grupito de buenos peces
que se cebaban al final de un gran pozo. El lance para llegarles era bastante
lejano y ellas se movían de tal manera que, cuando la mosca se posaba, el pez
ya no estaba allí. Con todo, conseguí sacar dos peces y perdí uno enorme porque
al ver su ceba no me di cuenta de que la había hecho a mi mosca; así, tuvo todo
el tiempo del mundo para escupirla.
Como aquellos peces estaban lejos, Santi tuvo la luminosa idea de
aplicar la táctica del jabalí: se metió por el monte, rompió ramas, hizo su
postura a unos pocos metros de las cebas, y allá fue su mosca. Creo recordar
que clavó un par de peces, pero esa fue la parte fácil del asunto; lo difícil
fue sacarlos, estando directamente encima de un profundo pozo. Tardó un montón
de tiempo en meterlos en la sacadora, pero lo consiguió.
Nuestro último sereno en el Idrija lo pasamos en medio de un pequeño
pueblo que se llama Dolenja Trebusa, tentando a unas arcoiris muy puñeteras que
tenían por compañeros a unos escalos de tamaño casi monstruoso (algunos pasaban
de los dos kilos) y que no se cebaban. En un bar de este pueblo, exhibían
disecados en una pared varios ejemplares de marmorata, tímalo, escalo y barbo,
todos ellos de notables dimensiones. La marmorata más grande que allí
había pesó 19 kilos, y tras ella
estaba otra de 11. Ninguna de éstas se habría interesado en vida por las
pequeñas marmoratas que pescamos, y más vale no imaginarse con qué fueron
pescadas.
Lo que mejor recuerdo de los serenos del Idrija son las luces danzantes
de las luciérnagas voladoras, que formaban una especie de Santa Compaña eslovena
que me hechizaba. Aquí las luciérnagas son unas larvas que poseen luz fija
(cada vez se ven menos, por cierto), pero aquéllas, además de ser voladoras
tenían luces parpadeantes, como las de un avión. Volaban en nutridos grupos,
dando un aspecto fantasmagórico a los oscuros matorrales.
No había muchos peces, pero había luciérnagas voladoras…
EL RÍO TREBUSICA
A veces
creo que los ríos comparten con las mujeres ese refrán ocurrente (No hay
mujer fea, sino belleza rara) que consuela mucho, sobre todo a los hombres.
Eslovenia está llena de mujeres con una belleza rara y de ríos hermosos:
el pequeño Trebusica es uno de ellos. No debe de ser casualidad que los
franceses nombren a los ríos afluentes en femenino…
Algunos miembros de la cuadrilla pescaron en este tributario del Idrija
varias veces. No sé si lo hicieron porque se enamoraron de él, o porque no
había mucho a dónde ir después de haber pagado por adelantado permisos para
tres días (a 46,60 euros cada uno).
Los permisos para los ríos Idrija, Baca, Tolminka y Trebusica los
gestiona la sociedad de pescadores de Tolmin. Pueden ser para tramos con o sin
muerte, y en ellos figura la reglamentación en esloveno, italiano, alemán,
inglés y francés, y un pequeño
mapa de los tramos con sus accesos, además de algunos teléfonos de información
a la que no hay que tener miedo… si se habla inglés. Muchos eslovenos hablan
inglés, o al menos lo entienden.
Por supuesto, pescamos en los tramos sin muerte (sólo mosca artificial,
y anzuelo sin arponcillo).
Un pescador puede enamorarse del Trebusica, pues tiene muchos encantos
difíciles de resistir. Sus aguas, cristal y diamante, lo absorben y reflejan
todo a la vez, y ejercen un especial hechizo sobre los pescadores gallegos que
han pescado reos. En sus pozos, breves y profundos, uno le lanza su mosca a un
posible tímalo, a una hipotética trucha arcoiris o a una enigmática marmorata…
¡pero espera que le suba un buen reo!
Es imposible conocer con seguridad la hondura de esos pozos, que al
mismo tiempo muestran y ocultan a sus peces. Podemos ver tres, cuatro, cinco
reposando sobre el fondo o a medias aguas, pero no vemos otros tantos que están
ahí, delante de nosotros, perfectamente camuflados contra las rocas.
La primera marmorata que nos regaló el Trebusica provocó en su afortunado captor un
extraño comentario: “Creo que me he corrido de gusto”. Exageraciones aparte, la
cosa tuvo su encanto: un pez que nada a cerca del fondo del pozo, en mitad de
los siete u ocho metros de ancho que tiene el río; una imitación de efémera que
se posa en el agua con su ala de velo de novia perfectamente erguida; el pez
comienza a ascender, solemne, y aspira la mosca al llegar a la superficie;
sigue un clavado suave, la lucha, y el pez de mármol termina debatiéndose en la
sacadora. Esta escena, infrecuente en los ríos gallegos, es muy normal en los
eslovenos, pues si no se pesca casi siempre a pez visto, uno termina viendo
subir al suyo desde un lugar donde era invisible.
El Trebusica nos dio pocos peces, y uno de la cuadrilla no pudo
acariciar ni siquiera a una de sus marmoratas. Pero este río con tanto sex-appeal
obsequió a otro con dos espléndidos tímalos de 40 cms (¿dónde estaban metidos?)
y alguna buena arcoiris. También nos dejó ver la diferencia entre una marmorata
híbrida y una de raza pura, y tengo entendido que alguien pescó alguna trucha
común. A mí sólo me dio dos pequeñas truchas arcoiris.
¿Qué le habré hecho yo al Trebusica, si no nos conocíamos de nada antes de
posar mi mosca en sus diamantinas aguas?
Las aguas del Trebusica
¿Dónde
están los reos?
Marmorata
del Trebusica
EL RÍO LEPENA
Decidimos
pescar el penúltimo día de nuestra aventura eslovena el río Soca y su pequeño
afluente el Lepena. Estos dos ríos, junto con un segundo afluente del Soca que
se llama Koritnica, son gestionados por una sociedad diferente de la de Tolmin,
y el precio de los permisos es más elevado: 59 aurelios de nada por pescador y
día… y para una sola caña (detalle especificado en el permiso: “Fishing is
allowed by using one fly-rod and one fly only!”). Así que nada de compartir
cañas para ahorrar, que hay mucho listo por ahí…
Llegamos temprano al Soca (del que hablaré más adelante), que iba algo
pasado de agua en su parte media. Nuestra intención era pescar aguas arriba de
sus famosas gargantas. Hicimos un breve reconocimiento de aquel tramo, y nos
dirigimos a su afluente el Lepena, un delicioso riachuelo (su anchura era menos
de la mitad del Trebusica, y también lo era su caudal) de aguas cristalinas que
corría a los pies de unas altas montañas que aún conservaban algunos neveros en
sus cumbres. El entorno era fascinante.
Desde un pequeño puente sobre este río pudimos ver, en la poza que
salvaba el puente, una buena bandada de truchas arcoiris (el dueño del hotel
nos aseguró que allí apenas había estocaje, mientras nosotros tocábamos
madera) de más que buen tamaño.
Resolvimos repartirnos durante unas tres horas de pesca por la mañana:
dos pescarían el Soca (Alberto y Caruncho), y los otros dos pescaríamos el
Lepena. Este río soporta mal a dos pescadores juntos, así que Santi y yo
hicimos una cierta distancia entre nosotros. Además, a mí me apetecía pescar
solo para ver si se serenaban mis ánimos, que andaban bastante alterados debido
a mi arrollador éxito en la pesca durante los días precedentes.
Mientras Santi comenzaba a pescar bastante aguas abajo, yo comencé a
unos cincuenta metros del pequeño puente donde habíamos estado.
Al lanzar mi mosca (un trico de pelo de ciervo más bien talludito) por
segunda vez hacia una pequeña sobaquera que había en la orilla derecha,
apareció una buena trucha que se zampó la mosca si miramientos. Terminó en la
sacadora tras una seria pelea. Sus aletas estaban enteras, aunque su dorsal y
caudal revelaban su procedencia.
Cuando me disponía a desanzuelarla apareció el guarda, que me preguntó
si hablaba inglés o alemán. Ante el gesto de mi cabeza, preguntó:
― ¿Italiano?
Le dije que podríamos entendernos si yo le hablaba en español, y nos
entendimos bien.
Quería mi licencia, por supuesto. Se la enseñé junto con el DNI, y me
dijo con un gesto amable que sólo quería la licencia, de la que separó una banda
de control que estaba unida al cuerpo principal por una línea de puntos.
Me preguntó:
― ¿Amigos?
Le dije que habíamos venido cuatro: dos estaban en el Soca y dos en el
Lepena, y mi colega del Lepena no estaba lejos.
En cuanto el guarda desapareció río abajo, desenfundé el móvil y llamé a
Santi:
― Santi, va para ahí el guarda…
― Estupendo… ¡He dejado el permiso en el coche! ―respondió.
Al final el guarda no llegó a encontrar a Santi, pero no creo que
hubiera pasado nada, pues el agente parecía persona amable y comprensiva.
Mientras el guarda se iba, yo saqué mi segunda trucha del Lepena.
También arcoiris y… muñona.
― ¡Rediós…! ¿Es que no podemos librarnos de ellas? ―me
dije.
Llegué a la poza del puente, y en el primer lance clavé a la abuela del
lugar. La trucha, de un buen par de kilos, armó una buena zapatiesta y se
soltó. Temí que hubiera espantado a todas sus congéneres, pero tal cosa no
sucedió: un par de lances después, clavé otra. Todas las truchas arcoiris del
Lepena medían más de 38 cms, e impresionaba mucho su tamaño allí, en un río tan
pequeño.
Después de una breve pelea, recogí al pez con la sacadora y al momento
escuché unos aplausos a mi izquierda: una docena de caminantes (había muchos
por los senderos y la carretera)
formada por señoras y señores de cierta edad, aplaudían mi gesta y me gritaban:
¡bravo!
Me giré hacia ellos y posé mi caña. Sosteniendo la sacadora en la mano
izquierda, con la derecha levanté mi gorro y me incliné ante la concurrencia.
Fue una bonita escena.
Aún saqué otra trucha en
aquella postura, hasta que sus colegas aprendieron la copla y no picó ni una
más. Caruncho se me quejó por la tarde de que estaban algo resabiadas las
truchas de aquella poza…
Seguí pescando despacio aguas arriba y saqué varias truchas más, hasta
los once peces. A unos cien metros del puente, posé el trico tras una gruesa
roca que cortaba el agua. Una gran boca apareció enfilada y directa hacia mí, y
se tragó el trico. Aquellos 44 centímetros de trucha arcoiris me trajeron como
puta por rastrojo a lo largo y ancho del río durante unos quince o veinte
minutos. ¡Sí: el Super Elite de Trabucco del 0.14 es un hilo realmente
fuerte! El pez terminó en la sacadora a unos cuarenta metros aguas abajo de
donde lo clavé, después de haber hecho una excursión hasta treinta metros aguas
arriba de su cueva.
Todavía saqué un par de pequeñas marmoratas antes de reunirme con los
cofrades para comer. Debían de ser ejemplares híbridados con la trucha común,
pues exhibían unos muy tenues puntos de color naranja muy desvaído en sus
flancos.
No se portó mal conmigo el Lepena. Sin ser un río con el porte del
Trebusica, su encanto residía en el entorno que lo rodeaba: hacia sus fuentes,
presidía el lugar un impresionante circo de altas montañas.
Río
Lepena
Vista del Lepena
Arco-guiri del Lepena
Marmorata del Lepena
EL RÍO SOCA
Los eslovenos pronuncian Socha cuando
se refieren a él. Hay pescadores muy viajados que afirman que es el río
más bello del mundo. No sé si esta afirmación es cierta ―yo
no soy un pescador viajado―, pero puedo decir que es un
río muy hermoso, que provoca una extraña sensación al que se asoma a sus aguas
por primera vez. ¿Algún día habéis mirado a los ojos a una mujer que tiene los
suyos de un color azul pálido, y muy brillantes? La sensación es casi la misma.
El dueño del hotel nos había advertido que, como íbamos a pescar el Soca
en el día nacional esloveno, lo podríamos encontrar lleno de canoas y kayaks.
En efecto, mientras progresábamos aguas arriba por la carretera que lo
bordea, vimos cientos de
aficionados al descenso de ríos que se preparaban para echar sus naves al agua. Aunque el Soca no parecía
peligroso en aquella zona ―un ancho cauce de aguas bajas
y rápidas, con un fondo de graveras muy finas y blancas―,
todos iban ataviados con elementos de seguridad: chalecos salvavidas y cascos.
Después de visitar las famosas gargantas del Soca, decidimos pescar
aguas arriba de ellas porque allí vimos menos canoas; y era curioso, pues era
aquella zona la más brava del río, la que más se prestaba a un descenso
emocionante.
Pudimos ver dos ríos Soca distintos: aguas abajo de las gargantas es un
ancho río con unos inmensos fondos de graveras, y aguas arriba es más estrecho ―tiene unos quince metros de ancho― y grandes rocas cortan
una corriente muy impetuosa. Las gravas siguen siendo finas y muy blancas, las
aguas cristalinas y la profundidad
engañosa. Como venía un poco pasado de agua ―aún
había algunos neveros deshelándose―, la corriente en el centro era muy violenta y estábamos seguros de que
allí no podía sostenerse ningún pez. Sin duda estarían refugiados en las
orillas para ponerse a salvo de la corriente y encontrar algo de alimento
debajo de los árboles.
El Soca tenía en aquella zona muy buenos ejemplares de trucha arcoiris,
comunes, marmoratas de raza pura ―pescamos muy pocas― e híbrida, y algunos tímalos. Aguas abajo abunda el tímalo, más amigo
de las amplias graveras que de las grandes rocas.
Tal como he dicho, Alberto y Caruncho pescaron
el Soca por la mañana, y Santi y yo lo pescamos por la tarde. Era una pesca
sencilla y difícil a la vez. Era sencilla porque los peces estaban exactamente
donde suponíamos: delante de las grandes piedras que había bajo los árboles,
allí donde la corriente no era tan fuerte y profunda. Era difícil porque había
que pescar como si estuviéramos haciéndolo en los ríos de nuestra Galicia: con
lances laterales y poniendo extremo cuidado en que la deriva de la mosca fuera
buena. Si hacíamos esto bien, las probabilidades de picada eran altas.
Las truchas estuvieron animadas por la mañana en el Soca: todas las
grandes piedras dieron su pez. Por la tarde hubo una notable actividad cuando
empezamos a pescar, pero ésta fue declinando hasta que se hicieron ausentes las
picadas de truchas arcoiris, y sólo quedaron activas las marmoratas.
Había que poner mucho cuidado en el vadeo. No dejé de pensar en lo que
debe de ser la pesca en este río con medio metro menos de agua: los peces
estarán repartidos por todo el cauce y será posible hacer salir a los de mayor
tamaño, que aquel día seguramente estarían refugiados bajo las grandes rocas
del centro del río, allí donde no era posible poner ninguna mosca, ni siquiera
una gruesa y pesada ninfa.
La comida de aquella jornada tuvo
su anécdota. Decidimos comer en un restaurante que había en lo que nosotros
llamábamos la zona de los kayaks. Mis compañeros de expedición llevaban cuatro días
comparando la belleza de las mujeres checas con la de las eslovenas: ganaban
por goleada las checas ―no se cansaron de mirarlas
cuando estuvieron allí―, y aún no habían encontrado una eslovena que
mereciera un piropo. La camarera que nos servía era una señora grandota que
parecía un tío disfrazado, y sus facciones estaban dentro de la media ―bueno, se salían un poquito a peor― que
habíamos encontrado en el país. Alguien comentó que buena desgracia tendría su
marido, aunque tal vez éste no opinara lo mismo.
Pero no había una sola camarera. Había dos. La otra era una treintañera
en la que los dioses parecían haber derramado toda la belleza que le habían
negado a las demás mujeres eslovenas; una morena de ojos claros increíblemente
atractiva que nos reconcilió con todas las féminas del país. Respiramos
aliviados.
Pescamos los cuatro al atardecer aguas
abajo de la zona de los kayaks. Caruncho sacó varias arcoiris e hizo subir un
tímalo kilón a una gruesa mosca; Alberto cogió algunas arcoiris; creo que Santi
también cogió algún pez… y yo pesqué mi primer tímalo.
Fue una experiencia interesante. Los
ríos eslovenos ―y muy especialmente el Soca― son
los ideales para sacarle el máximo partido a las gafas polarizadas. Si uno sabe
lo que busca, terminará viendo a su pez aunque sea un fantasma acuático como el
tímalo. Vi a mi pez muy cerca de la orilla, me situé tras él y le lancé mi
trico con una larga deriva, tal como había leído cientos de veces. El pez dejó
pasar la mosca, se revolvió con una gran agilidad y la atrapó de arriba hacia
abajo. Lo clavé al instante, y terminó en mi sacadora. Cuando lo extraje de
ella y lo deposité sobre la grava húmeda, no pude evitar el pensamiento:
― ¡He pescado un fantasma!
Su color no se distinguiría del de la grava si no fuera por aquellos dos
grandes ojos y las aletas de un tenue anaranjado. Ni siquiera su gran aleta
dorsal exhibía esa paleta de colores que muestran los tímalos que viven en los
fondos oscuros. No era un tímalo bonito, pero… ¡era mi primer tímalo!
Poco después, le saqué la mosca de la boca a otro tímalo de parecido
porte, y Santi me dijo que tenía localizado uno bueno debajo de un árbol, muy
cerca de la orilla. Estaba en unas aguas muy bajas, y el lance era difícil.
Santi podía verlo desde la orilla; yo no lo veía desde el interior del río,
pero él me indicó dónde podía presentar la mosca. Hice mi lance y, cuando creía
que la mosca había rebasado la posición del pez, la retiré del agua justo en el
momento en que aparecía la boca del tímalo abierta sobre ella, en una escena
que aún me parece estar viendo. Como los dos estábamos muy cerca del pez, se
resabió y no hubo forma de moverlo de nuevo.
― Bueno ―pensé―; al menos he movido todos
los tímalos que he visto…
El que no se consuela, es porque no quiere.
Pasmados ante las aguas del Soca
La zona del Soca que pescamos
Pescando en el Soca
Mi
primer tímalo
Las gargantas del Soca
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