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La pesca fluvial en Galicia (una historia breve) Imprimir E-Mail
Escrito por Flumen Patria Nostra   
sábado, 18 de abril de 2009
 
En Galicia todo sucede mucho más despacio. Las autovías que prometían un enlace rápido con la meseta, tardaron más de veinte años en llegar. El ferrocarril de alta velocidad se toma su tiempo -a pesar de lo que su propio nombre indica-, y en las corredoiras aún resuena el eco de los carros tirados por unas vacas de paso cansino. El labriego va delante, sin prisa, al paso de sus vacas.

En un país donde todo sucede lentamente, también los cambios son muy lentos: nunca es llegado el tiempo de hacer las cosas de otra forma. Mientras otras sociedades son dinámicas y muy prácticas, la sociedad gallega aún sigue al paso cansino de sus vacas, incluso sabiendo que el progreso no espera y que si nos quedamos dormidos, seremos arrojados a la cuneta de la Historia y allí permaneceremos.

Pesca en Galicia

La sociedad gallega fue predominantemente agraria hasta hace pocos años, y hoy, con nuestra tradicional lentitud, vamos progresando al paso de nuestras vacas. El progreso industrial siempre ha sido una obsesión en nuestros políticos. Don Manuel Fraga dijo en sus primeros años de mandato como presidente de la Xunta de Galicia: “Ojalá los ríos gallegos estuvieran más contaminados, pues eso significaría que Galicia comienza a despegar industrialmente”. Cuando se le preguntaba qué se podía hacer para frenar la contaminación de ríos y montes, respondía con laconismo militar: “Mi querido amigo, el progreso tiene un precio”. Ésa era una actitud típica de empresarios y políticos europeos del siglo XIX, pero… ¡estamos en el siglo XXI!.

Don Manuel Fraga dio paso al presidente Touriño, y la barra libre para los contaminadores se convirtió en vertidos puntuales que hay que controlar. Cambió la semántica, pero no hay mes en el que los gallegos no nos desayunemos con la noticia de alguna mortandad de peces por un vertido incontrolado, con fotos de basureros en pleno monte, y con agresiones medioambientales de todo tipo. Hasta los años 80 del pasado siglo, la pesca fluvial en Galicia estuvo muy poco regulada. Los cupos y tallas de las truchas eran muy generosos. ¡Hasta se regalaba la licencia de pesca a principios del mandato de don Manuel Fraga!. Pero la realidad es tozuda y la inercia de la sociedad gallega es grande.

Las poblaciones de salmónidos de nuestros ríos iniciaron un descenso en picado al no poder resistir las agresiones humanas y la pérdida acelerada de su hábitat. Muy a regañadientes, nuestros conselleiros de medio ambiente comenzaron a regular la pesca fluvial. Dotados de un equipo de técnicos que les ponían al corriente de la realidad y les animaban a tomar medidas urgentes (y a veces drásticas), su respuesta más frecuente era: “Aún no es el momento de hacer esas cosas”, o “Esos cambios hay que hacerlos muy despacio, de una forma no traumática”.

Era ésta una actitud paternalista que la sociedad gallega (especialmente la rural) entendía muy bien, acostumbrada como está a obtener de favor lo que debería de obtener de derecho… ¡y encima queda muy agradecida!. Los alcaldes sacaban pecho presumiendo de lo bien repoblados que estaban los ríos de sus pueblos (con cisternazos puros y duros) y todos celebraban los éxitos de los múltiples concursos que siempre terminaban en una comilona. La Federación Galega de Pesca, siempre arrimada al poder, actuaba con frecuencia como legitimadora de aquellos concursos, haciendo la vista gorda cuando se detectaba alguna picaresca como presentar peces pescados el día anterior, o pescar con aparejos de hasta diez moscas. No había ningún control; lo importante era disfrutar de la fiesta y que el evento deportivo tuviera éxito.

Mientras la pesca fluvial era presentada en los medios de esta forma tan folclórica y localista, la Administración, para tener contento al personal, repoblaba un año sí y otro también con una alegría que hoy resulta estremecedora. Miles de alevines de trucha escoceses, genéticamente adaptados a aguas muy frías, morían en masa en las orillas de los ríos gallegos cuando eran soltados en pleno mes de Julio en unas aguas que alcanzaban los 24ºC, y en las aperturas de temporada algunos paisanos echaban pestes cuando llegaban a sus manos unas truchas plateadas, con escamas diminutas, que desprendían un olor tan característico como desagradable.

Trucha gallega

Durante aquellos años, frente a las alegrías y cuchipandas de muchos que creían vivir no mellor país do mundo, unos pocos pescadores que leían y viajaban iban tomando conciencia de nuestra situación. Al mismo tiempo, pescadores que visitaban nuestra tierra diagnosticaban rápidamente muchos de nuestros ríos:

-Tenéis unas densidades de juveniles bastante elevadas, pero en general las truchas de talla son escasas. En algunos casos se nota mucho la presión de pesca con caña; en otros, el furtivismo puro y duro, y se ven demasiados vertidos en los pueblos y aldeas. Teniendo en cuenta que en otros ríos de España mejores que los vuestros las truchas tienen problemas, si no le ponéis remedio a esto, en pocos años no tendréis apenas nada.

Los primeros muestreos sistemáticos con pesca eléctrica confirmaban esta situación. Se encontraron muchos tramos muy pescados donde prácticamente desaparecían los ejemplares de talla superior a la legal. La Administración (a la fuerza ahorcan) se vio obligada a establecer órdenes de vedas cada año más restrictivas, pero muy pocos pescadores estaban dispuestos a sacrificarse.

Hay que reconocer que los esfuerzos de la Administración por recuperar las poblaciones de salmón atlántico han sido grandes, pero esta especie sigue estando en riesgo de extinción mientras dependa casi exclusivamente de los desoves artificiales y no se recuperen los hábitats naturales en sus zonas tradicionales de freza. También en algunos tramos el furtivismo es grave, pero muy pocos pescadores toman conciencia de que no deberíamos poder permitirnos matar uno solo de estos peces. Muy al contrario, grupos de presión y sociedades de pescadores ponen el grito en el cielo porque se permite a los salmones subir demasiado rápido hacia sus frezaderos, evitando así los anzuelos de los pescadores. Con el reo sucede algo muy parecido. Siendo una especie muy sensible a la presión humana (en el río y en el mar) y remontando nuestros ríos con el exclusivo fin de reproducirse, los pescadores deberíamos dejar de ser parte de sus problemas, y tenemos medios para dejar de serlo sin renunciar a la pesca.

A propósito del reo, el pasado año apareció en el diario La Voz de Galicia una carta al Director en la que un pescador coruñés se quejaba amargamente de haber matado un buen reo lleno de huevas en el mes de Septiembre. Achacaba la culpa de aquella tragedia a la Administración porque se permitía en aquel mes pescar peces cuyas huevas estaban ya muy crecidas. Aquel pescador estaba realmente dolido, y lamentaba haber matado aquel pez lleno de promesas. Otro lector le contestó al día siguiente en la misma sección de La Voz. Le preguntaba: “Si usted hubiera matado al mismo reo dos mese antes, ¿habrían nacido acaso sus descendientes?. El resultado sería el mismo, y así, matar al pez en Junio o Septiembre tiene el mismo valor para el pez y para su especie”. Aquel hombre seguramente tomó conciencia de las consecuencias de matar un pez valioso, y de pronto se enfrentó (nos enfrentó a todos los que queramos verlo) ante el dilema entre la pesca conservacionista y la pesca legalista, porque la ley le había permitido matar aquel pez.

Pesca en Galicia

Los pescadores tradicionalistas, cuyo objetivo siempre fue sacar del río la mayor cantidad de peces posible para que pesaran su cesta y su ego de pescador-gran-proveedor, fueron adaptándose a las normativas cada vez más restrictivas hasta convertirse en pescadores legalistas: “Me llevo los peces que la ley me permite, y mi conciencia se queda muy tranquila”. El pescador del reo con huevas era sin duda un pescador legalista, pero (¡ay!) su conciencia no quedó nada tranquila.

El escritor J. J. Moralejo dice con frecuencia que el mayor homenaje que le puede hacer a un reo es comérselo entre dos salsas. Un pescador conservacionista dice que el mayor homenaje que le puede hacer a un reo es dejarlo irse libremente después de haberlo desanzuelado con cuidado, y levantar su sombrero en un saludo de gratitud al pez que le brindó tan magnífica pelea. ¿Comprenden ustedes la diferencia?.

Las discusiones entre pescadores legalistas y conservacionistas son cada día más enconadas, llegándose a veces a la grosería y al insulto, y eso no debería suceder. Algunos pescadores legalistas dicen sentirse perseguidos por los conservacionistas, cuando ellos sólo pretenden ser legales. Se trata evidentemente de una exageración: no hay persecución alguna, pero sí una amarga censura porque matan peces salvajes valiosos y sensibles a la presión humana. Algunos pescadores conservacionistas llaman a los legalistas muertos de hambre por su afán de llevarse peces para casa. Tampoco hay para tanto, pero… ¿realmente necesitamos los pescadores llevarnos los escasos peces de calidad que tenemos, tal como está la situación?. Es un asunto a considerar.

Mientras tanto, la Administración sigue dando café para todos (pero cada año menos café) y es cómplice del desaguisado, según los conservacionistas. Precisamente por esto ellos han decidido no ser legalistas y devolver todos sus peces al agua. En la actualidad, la pesca fluvial en Galicia se encuentra en un período de lenta transformación. Los criterios técnicos pugnan con los de aceptación social (hace 20 años, los criterios técnicos prácticamente no existían aquí) y la lucha se lleva a cabo tanto en los despachos de la consellería como en los consejos provinciales de pesca y en el seno de las sociedades y grupos de presión. Bien están los debates, pero no deberíamos de olvidar nunca que la Naturaleza no entiende de democracias humanas ni de compadreos, y que, como muy bien decía D. Juan José Collado (fundador de la Asociación Asturiana de Pesca Fluvial), cuando el hombre se pone a arreglar la Naturaleza…algo se va a joder. Y mientras Lee Wulff decía ya en los años treinta del pasado siglo que una trucha es un pez demasiado valioso para ser pescado una sola vez; mientras en toda la Patagonia argentina (¡y en Andalucía!) se ha optado por la pesca sin muerte rigurosa de los salmónidos, y en otros países ponen en valor sus ríos y sus peces sin comérselos entre dos salsas, aquí seguimos con nuestros concursos y campeonatos, con nuestras fiestas-jolgorrio haliéutico-gastronómicas, y nuestras páginas web llenas de cadáveres de espléndidos peces que merecerían seguir vivos; que los necesitamos vivos.

¿Podremos los pescadores legalistas y los conservacionistas mirar algún día en la misma dirección? ¿Quedarán peces salvajes cuando por fin estemos de acuerdo? Esa es la cuestión.
 
 
Texto y fotografías: Flumen Patria Nostra
 
Modificado el ( sábado, 18 de abril de 2009 )
 
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